Y usted me reprobará diciendo que Brasil va con mayúscula, a
lo que yo le pido que me permita por
esta vez titular este artículo con minúscula porque en el partido, el equipo vestido
de amarillo, se veía siempre jugando minimizado, nunca vi que jugara para mayúscula.
8 de julio de 2014, estadio Mineirao, Belo Horizonte, aquí
se escribió una página más del libro de la historia del fútbol mundial.
No señor, no voy a hablar de monótonas estadísticas ni
tampoco de estrategias, solo voy a describirle lo que vi a través de una
pantalla de 21' pulgadas mirando el partido entre Brasil y Alemania en una de
las semifinales de la Copa del Mundo, con mi cara de estupefacto apenas
llegando los 26 minutos del primer tiempo.
Todo en algún momento llega, tarde o temprano llega, son
palabras que comúnmente diría un sabio anciano en cualquier parte del planeta.
A Brasil le llegó la factura, le llego la hora de pagar todos esos errores,
todos esos descuidos que alguna vez pasaron por alto y que nunca se les prestó
atención. Le tocó a una Alemania que le
salió todo, todo lo que se proponía le salía.
Mi cara estupefacta, y supongo que a más de uno le pasó lo
mismo que a mí, vino con el cuarto gol de Alemania. Muchas cosas pasaron por mi
mente, entre ellas la idea de pellizcarme para despertar y pensar que nada de
lo ocurrido estaba pasando, mientras la TV Pública mostraba las caras se los sollozos
hinchas brasileros que miraban como su equipo estaba en lo que sería el primer párrafo
de la página que contase el día en que Brasil fue vapuleado, humillado,
avergonzado, burlado, pisoteado y cualquier otro sinónimo que se le ocurra para
describir la eliminación del local en una semifinal de una Copa del Mundo.
Si bien se podría mencionar a la falta de Neymar y Thiago
Silva como excusa para justificar el déficit del equipo de Felipao, pero el
error va más allá de dos ausencias. El Brasil “edición 2014” no tiene donde
encajar en el juego que los verdeamarelos nos tienen acostumbrados con su “jogo
bonito”, con esos jugadores que al hacerlos enfadar jugaban mucho mejor, esos
que tenían la habilidad para tratar con delicadeza a la pelota, de esos que llegado
el momento de jugar contra ellos se nos nublaba la mente tratando de pensar en cómo
jugarles para poder dificultarles el juego y que ni en sueños podíamos arribar al
pensamiento de que ellos tendrían una mala noche.
Pero más allá de todo lo que podemos hablar de Brasil no hay
que desmerecer los meritos que tuvo el equipo alemán para hacerse con el 7 a 1.
Un equipo sólido, lleno de figuras que hicieron su labor a la perfección, con
una idea de juego ahogando a Brasil en la salida y atacando con todo lo que tenía
pero nunca perdiendo el orden y hasta jugando con Neuer que parecía un libero
mas. Con la pelota bajo el pie y a puro pase los alemanes encontraron los
espacios dentro de un equipo brasilero desordenado y consiguieron hacer que
Klose se convirtiera en el máximo goleador de los mundiales (la frutilla del
postre que coronó el triunfo).
Entre la lluvia de lágrimas y desilusiones del Mineirao
vestido de amarillo, los dirigidos por Joachim Low dejaron mudo a un país con
la frialdad que los caracteriza. Hoy, y más que nunca, Alemania va con
mayúscula y termina con punto suspensivo esperando por el ganador de Argentina –
Holanda.
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